
Voy a hablar de este fin de semana. Mi futuro más cierto y cercano. Vuelvo a casa entre obligación y devoción. Una vez allí, volveré a cruzarme con recuerdos agridulces del verano que me hagan encontrarme de repente con lo amargo del primer mes y lo dulce del segundo. La insipidez del tercero no cuenta porque, como he dicho, este fin de semana vuelvo a casa. Transportaré mi calma allá donde pise pero sé que nada quedará de ella cuando suba el primer peldaño de ese quinto ce, como siempre y a la vez como nunca.
Mañana cogeré el tren de siempre, a la hora de siempre y trataré en vano de dormir durante el viaje. Como siempre que abrigaba con la cazadora un cuerpo recién salido del sueño, a bordo de una diabólica cama, larga e incompleta.
Tras dos o tres pitillos furtivos y quizá cuatro patatas onduladas, habré visto y revisto a cámara lenta los últimos días hasta hoy. Y hasta mañana, porque un día siempre es distinto de otro. Los analizaré creyéndome Sherlock de mi propia vida. Después, habré llegado a mi destino.
La vuelta a casa suele ser bonita detrás del cristal de la ventanilla del coche que te aísla, todavía, de las calles de tu primera y segunda infancia; suponiendo, claro, que vivimos en pleno apogeo de la tercera y más cruel.
Luego ya es coger el ritmo. Amoldarte a la fatídica restricción horaria de desayunos, comidas y cenas; levantarte cada mañana sabiendo que en tu maleta “fin de semana” no hay mucho atrezo que elegir… y salir a la calle sin móvil y con dos pares de huevos.
Parece que toca un fin de semana de reflexión introspectiva, calma y muy buenos alimentos.